Filosofía, educación y democracia: Un problema de clase

En los últimos días, hemos asistido a un sinnúmero de declaraciones en rechazo de la eliminación de la asignatura de filosofía del plan común del curriculum nacional, en el proyecto de reforma filtrado desde el Mineduc, y su consiguiente reducción a una asignatura “electiva”. Llama la atención la transversalidad del rechazo, dado que no han sido sólo los colegas agrupados en la Reprofich quienes se tomaron la palabra para defender el lugar de la filosofía en los colegios, sino que éste ha venido también desde el mundo académico –no sólo de las “escuelas” de filosofía-, además de un número importante de personas vinculadas a la cultura y las comunicaciones. Sorpresivamente el rechazo a la medida ha venido incluso de parte de organizaciones de estudiantes, y apoderados que ven con malos ojos la eliminación de la obligatoriedad de la asignatura, es como si repentinamente para todos la filosofía fuera algo importante, y por lo mismo, fuera necesario alzar la voz en “defensa de la filosofía”.

Esta “defensa” ha adquirido varios niveles y registros, el más básico es sin duda la “defensa biográfica emotiva”, cuestión que he podido leer en varios artículos donde columnistas recuerdan la importancia que tuvo en su formación educativa el encuentro con algún profesor de filosofía que les marcó en lo personal y lo académico. Un segundo registro de esta “defensa” –todavía muy básico- dice relación con lo podríamos llamar la “posición gremial”, cuestión que dice relación con el impacto que esta medida tendría en un número importante de profesores de la especialidad que verían reducidas ostensiblemente sus opciones laborales, cuestión que ha sido planteada sobre todo por profesores en ejercicio y estudiantes de la carrera de pedagogía en filosofía, quienes ven como un campo extremadamente acotado simplemente tiende a desaparecer.

Un tercer nivel de la defensa –algo más fundamental- dice relación con la importancia de la especificidad del saber de la filosofía como disciplina y su permanente conflicto con los saberes establecidos, desde aquí algunos han destacado la importancia de la filosofía en la formación integral de persona y la sociedad. En un quinto nivel, encontramos a quienes han denunciado la incoherencia de un proyecto de reforma curricular, que declarando como uno de sus ejes el “Pensamiento crítico”, precisamente reste importancia a una asignatura que se caracteriza por desarrollarlo.

Sin embargo, considero que aún no se ha pensado suficientemente algunas cuestiones centrales, la primera dice relación con el criterio para definir lo obligatorio de lo electivo en educación, ¿qué valoraciones de las disciplinas que se menoscaban y se privilegian opera detrás de esa delimitación?, ¿qué tipo de educación, idea de la persona y la sociedad es aquella que necesita reducir la reflexión filosófica en las escuelas? Y finalmente, ¿quiénes serán los principales afectados por la medida? Esto último porque finalmente son las escuelas y liceos públicos aquellos que suelen seguir apegadamente el curriculum nacional, mientras los colegios privados –sobre todo los que reciben a estudiantes de familias de más altos ingresos- desarrollan currículos propios e incluso acogen programas internacionales.

Todo esto sobre la base de una constatación primera, y es que en la actualidad antes de este proyecto de reforma, ya no hay filosofía en las escuelas y liceos públicos, sino sólo un pequeño espacio laboral para los profesores de filosofía, donde en rigor no se enseña ni se hace filosofía, porque en el fondo ya no hay educación.

Esto por al menos dos razones; primero, la actual situación de la filosofía reducida únicamente a cuarto medio, obliga a generar un precario programa que a través de algunas preguntas debiese articular un recorrido por los 25 siglos de historia de esta disciplina, cuestión que dada la “compulsión de cobertura” que afecta la relación de la acción docente –para los profesores en general- con los objetivos mínimos obligatorios es simplemente imposible, este modo de comprender el currículo en el mejor de los casos produce un sujeto que tiene “un mar de conocimiento con un centímetro de profundidad”, pero sin un desarrollo de habilidades adecuado ni para el aprendizaje de la filosofía, ni para una integración adecuada a las exigencias de la educación superior coherente con las demandas de una sociedad en constante cambio y complejidad ascendente, a lo más prepara exitosamente para sortear la prueba de ingreso a la universidad con un buen puntaje en la PSU.

La segunda razón por la que ya no hay filosofía ni educación en las escuelas y liceos públicos, dice relación con la tecnificación de los procesos educativos, los que se ven diseñados bajo el horizonte de la lógica de la rentabilidad, cuestión que en el caso de los proyectos educativos los reduce a la estandarización en función de los resultados en SIMCE y PSU, como principales indicadores de calidad, sin atender –en la sala de clases- a la diversidad ni de estilos de aprendizaje, ni –en la oferta educativa- a los intereses de los educandos y sus familias.

Los únicos que en rigor pueden acceder a proyectos educativos diversos sin caer en la comprensión binaria de “colegios buenos y malos”, son aquellas familias que además de poder pagar una educación privada alternativa (Ejemplo, Montessori, Waldorf, o Experimental artística, etc), cuentan con el capital cultural necesario y la formación humana requerida para comprender que las instituciones de educación no se dividen taxativamente en buenas y malas, sino en aquellas que dadas sus características se relacionan mejor manera con la particularidad e identidad personal de sus estudiantes, y desarrollan en conjunto con sus familias el potencial que cada uno de nosotros en tanto seres humanos poseemos. Curiosamente este tipo de instituciones suele contar en su centro con una perspectiva filosófica clara y definida, de ahí que se trata de establecimientos donde el pensamiento se cultiva desde los primeros años de la enseñanza básica a través de proyectos de “filosofía para niños” o programas de activación temprana de la inteligencia, cuestión que revela el sesgo de clase que está detrás de la reforma propuesta, que en rigor dice: “filosofía para algunos”. Lo pavoroso es que esta situación de exclusión de la filosofía, no ha sido ajena a una autocomprensión excluyente que ésta tiene de sí misma.

Porque el asunto es comprender: ¿Por qué siendo la defensa de la filosofía tan transversal, cabe la posibilidad de que un proyecto de reforma curricular la declare -en tanto electiva-, como prescindible? ¿Qué responsabilidad hemos tenido los profesionales de la filosofía en este proceso?

Considero que muchos de quienes cultivamos la filosofía en su enseñanza e investigación tenemos responsabilidad en este asunto, porque hemos cometido un gravísimo error, en la medida en que la gran mayoría de personas que valora la filosofía, en rigor no la entiende. El tratamiento que le hemos dado, el abandono de la discusión pública que ha sido señalado como “el silencio de la filosofía”, sumado a la formación que hemos construido en nuestras escuelas que se ha parecido más a la adquisición de una jerga especializada, exclusiva y propia de iniciados, que un espacio para la reflexión abierta a todos, tienen parte de la responsabilidad.

De este modo, las antiguas “defensas” de la filosofía la han convertido en un saber para espíritus elevados, caracterizado por un lenguaje complejo y completamente separado de las cuestiones mundanas, defensa cerrada diríamos utilizando una metáfora ajedrecística, que en cierto modo no deja de ser la justificación del carácter prescindible de la disciplina para una educación como la de estos tiempos.

Frente a esto debemos pensar en una filosofía que se defienda no parapetándose, sino en la absoluta apertura, volver a pensarnos como una disciplina dinámica ejercida en el espacio público, y en relación con todos los saberes, se trata de una filosofía donde efectivamente se cultive en el diálogo, consigo misma y con las otras disciplinas, sin abandonar pero tampoco reducirnos a nuestro “cuerpo de saber”, aquello tanto en la escuela secundaria, como en las universidades, sólo así la filosofía volverá a ser central en una educación que cultive el amplio sentido de lo humano. La filosofía debe ser central en una reforma a la educación que transite desde una comprensión tecnocrática concebida bajo la idea de calidad, a una comprometida con el horizonte de la excelencia –en el sentido que ya el viejo Aristóteles le daba al término areté-.

Es decir, es necesario, no sólo declarar el cultivo del pensamiento, -tanto en las reformas curriculares como en la filosofía- sino desarrollarlo, sólo así tendrá lugar una efectiva defensa de la filosofía que vaya de la mano de la educación. El resultado sería el pensar filosóficamente la escuela, por ello nuestra tarea implica sacar a la filosofía de su encierro y ponerla como disciplina y como actitud en relación con la complejidad de los procesos educativos, sólo así esta coyuntura será algo más que una disputa por un número determinado de horas o por la especificidad de nuestro cuerpo de saber.

Desde este lugar, advertimos que no se trata de defender la obligatoriedad de la filosofía, sino el carácter imprescindible de esta para la construcción de una educación y sociedad con sentido humano, sólo así se logrará pensar algún día una educación que por sobre lo obligatorio y lo electivo, se piense en el horizonte de la libertad, el respeto y el encuentro con el otro, esto es, una Educación efectivamente democrática.

Fuente: El Mostrador

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