Que la gente deje de pensar y obedezca

Supongo que, luego de la gran pataleta de todos los intelectuales de verdad y de aquellos entrecomillas, la filosofía, con sus dos horas pedagógicas semanales en las que los profes pasan películas -porque los analfabetos funcionales que tienen por alumnos no pueden leer a Platón- continuará en el currículum.

Curiosamente, mi silencio columnístico coincide con una tesis de posgrado que termino gracias al financiamiento estatal chileno: una tesis de filosofía sobre la que no voy a comentar, ya que es un trabajo altamente técnico que, de todas formas, publicaré cuando sea el momento. Escribir esta columna es casi una irresponsabilidad, pues le robo el tiempo a una tesis que tiene sus plazos, los que, en caso de no cumplirse, me harían devolver el dinero que gentilmente me ha donado CONICYT. En esta columna caeremos en la obviedad que los tiempos requieren, es decir, señalaremos que la Reina y la ministra de Educación están desnudas.

El Estado que ha financiado mi maestría en filosofía es el mismo que quiere eliminar la misma filosofía de las aulas escolares. Supongo que becas como la mía existen como una especie de ropita de buen tono del país nuevo rico, ese que se cambió recién a vivir al barrio alto de las naciones, la OCDE. Pero claramente, financiar el pensamiento, crítico o no, no es una prioridad en ningún gobierno desde la dictadura, solo nos financian para mantener las apariencias frente a las Europas y los países de verdad. Ya muchos han reaccionado airadamente contra la eliminación de la filosofía, y todos con la debida razón de su lado. Me he tardado en reaccionar, pero no porque me sorprendiese la medida, sino que porque, muy por el contrario, la veía venir.

Hace demasiado tiempo que quieren convertirnos en un país de bárbaros y ello ya se ha logrado en gran medida. Es verdad que la gente marcha en millares contra las AFP, pero el conformismo de los chilenos es mucho más grande que su rebeldía; no es nuestra culpa, no nos queda otra opción. Con todo, estos modestos arranques de conciencia ya son molestos para la oligarquía -me cuesta usar el vocablo ‘élite’, pues no son mejores que yo ni mejores que nadie-.

La marcha #NoMásAFP pide algo tan mínimo como una jubilación digna. La enormidad de la fuerza desplegada llega a ser patética, en el sentido de que marchas similares piden la salida de gobiernos. La oligarquía debiera darse con una piedra en el pecho: nadie está pidiendo su cabeza, nadie eleva guillotinas en la Plaza de Armas y “María Antonieta” Bachelet puede temer por su gobierno, pero no por su cabeza. Al menos no todavía. Con un 15% de aprobación, debiera empezar a creer en algo.

Pero la soberbia de la oligarquía no tiene límites y sus Versalles y Tullerías consideran una falta de respeto que, entre otras tantas cosas, la gente no le crea a José Piñera, que quiera disponer de sus ahorros y vivir con ellos. Eso para la oligarquía ya es demasiado. Por ello, preocupada de la oligarquía de Plaza Italia para arriba del futuro, quieren legarle a sus hijos una masa aún más estúpida que la masa del presente, aún más bárbara y claro, eso se hace un poco –no muy– difícil si hay profesores de pensamiento en los colegios evitando que la muchachada rota termine de alienarse con el último chiche tecnológico y quera vivir dignamente. Había que eliminar incluso ese modesto obstáculo.

La ministra Delpiano es PPD, un partido que se hizo con el fin de derrotar a la dictadura. Hoy queda en evidencia que su propósito era heredar su modelo, no cambiarlo. Hoy son los iluminados del ’88 quienes quieren llevarnos de vuelta al oscurantismo de la segunda mitad de los ’70. La élite se ha hecho una. Una: cuando Carolina Tohá acepta dinero del yerno Pinochet toda diferencia se ha desvanecido entre las izquierdas y las derechas –no es el único caso, pero es el más emblemático y es del mismo partido. Hoy la oligarquía está nerviosa con el ambiente de rebelión de la gente que piensa y no demasiado, porque no es tan difícil lo que tienen que pensar: nos están robando. Pero ya ese pensamiento les parece un exceso y es por ello que eliminar incluso las paupérrimas clases de filosofía de los colegios y liceos se les hace necesario. “Los ricos nos cuidamos, principalmente, porque sentimos que hoy cualquiera se rebela. Nos asusta el clima de descontrol y desorden en el que ya no se respeta nada”, Tironi el ex MAPU, otrora rebelde, dixit. Por otro lado, el 2011 Arturo Martínez, a la sazón presidente de la CUT, culpó a los profesores de filosofía de llenar “la cabeza de porquerías” a los jóvenes para que salgan a tirar piedras. Este supuesto representante de los trabajadores al servicio de la oligarquía tampoco quiere que la gente piense, porque la gente que piensa, se indigna.

Supongo que, luego de la gran pataleta de todos los intelectuales de verdad y de aquellos entrecomillas, la filosofía, con sus dos horas pedagógicas semanales en las que los profes pasan películas -porque los analfabetos funcionales que tienen por alumnos no pueden leer a Platón- continuará en el currículum. Seguirán su apostolado con la esperanza de que a los mocosos se les ocurra algo. Sin embargo, temo que la guerra por las mentes de los chilenos ya se ganó. Lo creo porque nos conformamos, no luchamos y nos dejamos robar igual por esta supuesta élite a la que ya no le creemos, pero igual nos tiene inmovilizados por el miedo, por las deudas y por su falsa democracia que ya no representa a nadie, mientras vemos la tele y jugamos Pokemon Go.De todas maneras, la precaria clase de filosofía del liceo es una de nuestras últimas esperanzas de que algún mocoso se despierte, piense y deje de verdad la escoba, para decirlo de manera elegante.

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