Moral ¿universal?

Detrás de cada guerra y conflicto de la historia se ha ocultado un hecho común: las diferentes visiones de lo que es correcto. Los seres humanos hemos sido capaces de alcanzar acuerdos a nivel mundial sobre diferentes códigos y tipologías; así pues ¿podríamos también crear un código de conducta respetado por todos?

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Hace varios años, Joshua Greene, un profesor asociado de la universidad de Harvard, realizó un experimento conocido como “el problema de la carreta” (The trolley problem). En él se planteba la siguiente situación: una carreta va descontrolada por un rail, en medio del cual se encuentran 5 personas; todas ellas morirán, a menos que alguien accione la palanca que cambia la vía por la que discurre la carreta, caso que solo ocasionaría la muerte de un solo individuo. Otra variante que se planteaba era que se empujara a algún inocente a la vía, frenando el camino de la carreta y salvándolos a todos. Y la pregunta era: ¿qué harías?
Los resultados fueron reveladores: los más emocionales, que usaban el lado derecho del cerebro más, se negaron a matar a un inocente para salvarse. Los más racionales opinaban que la muerte de uno solo era mejor que la muerte de cinco. Y para todos era más sencillo accionar el botón que acababa con la vida de una persona que el acto de empujar a otra a las vías.
Los estudios más recientes respecto a la cuestión moral parecen determinar que tenemos conocimientos innatos sobre la misma desde la niñez. Diferenciamos el bien y el mal, la crueldad de la compasión, y experimentamos empatía con aquellos que sufren. No obstante, la cuestión no es tan simple como nos gustaría.
Según Greene, en su obra Moral tribes: emotion, reason, and the gap between us and them, el problema es que somos animales sociales, diseñados para colaborar en un entorno determinado, un grupo, pero menos para hacer lo mismo con otros. “La moral no ha evolucionado para promover la cooperación universal”. Eso, que en los tiempos de la prehistoria era lógico y con pocas consecuencias, es ahora, en nuestro mundo superpoblado y globalizado, harina de otro costal. Supuestamente estamos hechos para colaborar, pero también lo estamos para mirar por nosotros mismos, buscar lo que merecemos (o creemos que merecemos) y sobrevivir. Baste un ejemplo de esto último: otro estudio preguntaba a los participantes en una tarea académica en grupo qué porcentaje del trabajo final correspondía a su labor. La suma de su ‘trabajo’ era de 140%. Todos creemos que merecemos más de lo que verdaderamente nos hemos ganado.
Los diferentes grupos, sociedades o culturas tienen diferentes perspectivas morales. Lo que él denomina “la tragedia del sentido común” de la moralidad. No es que el ser humano se enfrente en guerras y conflictos con otros por ser ‘egoísta’, sino que cada cultura tiene diferentes visiones de lo que una sociedad ha de ser y dichos choques éticos terminan en conflictos violentos.
Parece lógico que tengamos un sentido innato de justicia. A fin de cuentas, todos creemos que un buen comportamiento ha de ser premiado y uno malo castigado, pero eso no es tan sencillo, puesto que obvia el hecho de que no hay juicios imparciales, pues dos personas raramente estarán de acuerdo al 100% y en toda situación acerca de qué o quién es el malo y qué o quién el bueno. Es algo que está detrás de todos los conflictos: el rol que las diferentes creencias morales juegan en la interpretación de los mismos.
¿Cuál es la solución? Greene propone en su obra que nos deshagamos de la diversidad de opiniones morales. La creación, no sin mucho trabajo, de un código moral universal. Una especie de código de circulación internacional de la actuación correcta a seguir por los seres humanos.
La solución, que bebe de una concepción utilitarista (el mayor bien para el mayor número) de dicho código, debería estar basada en la racionalidad (los que en el caso del carrito optaban por salvar a 5 a cambio de la vida de uno), por una razón simple: los sentimientos no pueden ser cuantificados y son inviables de cara a tomar decisiones a nivel general, ya que implican percepciones individuales que, a la largo, imposibilitarían la creación de dicho conjunto de reglas. Una tarea titánica, llena de aristas y espinas, que, por otra parte, no deja de tener su miga y abre un nuevo debate sobre la posibilidad o no de alcanzar una convivencia pacífica y duradera en el planeta Tierra.

Revista Filosofía Hoy.

 

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