Bajo la mirada de los otros

¿Por qué meternos en la vida de los demás (y quien dice la vida, dice la casa de puertas para dentro) siempre resulta interesante? Una reflexión a partir del éxito editorial de las memorias de Valérie Trierweiler.

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La cultura francesa parece renacer –si alguna vez durmió– a golpe de Nobel, los concedidos el año pasado al escritor Patrick Modiano y al economista Jean Tirole. El diario El País dedicaba hace no mucho su suplemento cultural al renovado brío de las letras galas. Lo apuntalan éxitos increíbles como el de Thomas Piketty, al que en FH dedicábamos el dossier en el número 33, con su libro El capital en el siglo XXI, pero también la acogida de las memorias de Valérie Trierweiler, la exdama del Elíseo, compañera del presidente François Hollande, que vendió 150.000 ejemplares nada más salir al mercado, ya supera el medio millón y sigue.
A muchos se les pondrá el vello de punta de solo leer la inclusión de este libro entre las razones del renovado auge de las letras galas. Se podrá argumentar que no es alta cultura, o que no es ni siquiera cultura, sino un folletín, cotilleo ramplón y aireamiento de miserias. Pero hasta los más firmes defensores de las divisiones y los compartimentos estancos han de saber que las fronteras ya no son tan claras en ninguna de las disciplinas y la literatura y la filosofía no son una excepción. En lo primero es evidente que toda la carga depende del cómo se cuenta o se narra; también la inmortal Madame Bovary es la historia de una infidelidad y Otelo, la de unos celos mal llevados. Cualquier argumento, hasta el más intrascendente y cotidiano, es susceptible de convertirse en un gran relato si el escritor también lo es. Y Flaubert y Shakespeare, por seguir con los ejemplos, según todos los indicios, lo eran.

Filosofía popular

En filosofía, la corriente popular se lleva el gato al agua y desde hace unos años (unos cinco, desde que se publicó Los Simpson y la Filosofía de Blackie Books) se editan con éxito libros sobre series, películas y directores y cualquier tipo de fenómenos populares como el manga, el fútbol, facebook, la tele, en general, y algunos de sus programas y personajes en particular. Entre todos ellos, quizá uno de los más controvertidos sea Belén Esteban, a la que ya se han dedicado varios ensayos y a cuyo caso han dedicado atención filósofos como Josep Ramoneda o Manuel Cruz. El primero, desde las páginas de El País, en el artículo La construcción popular del fascismo, decía: “El éxito de Belén Esteban hay que mirarlo en doble dirección: los peligros de un discurso que extiende todos los tópicos antipolíticos y antidemocráticos; el estado de unos sectores de la sociedad que se sienten completamente desatendidos por la política, que buscan contacto, roce, espacio compartido: es decir, los espacios comunitarios perdidos. Para muchos de ellos el encuentro en la tele con Belén Esteban es, por así decirlo, el momento del reconocimiento: al identificarse con ella se sienten alguien en este mundo (…)”. Ramoneda imagina un éjercito de parias vitoreando a la de San Blas y recuerda, ojo, que cada uno de ellos vota. Se trata de un grupo de excluidos más o menos conscientes de que no tocarán con los dedos ni una brizna de poder político y se agarran a lo que pueden, a lo que entienden, para intentar participar del festín de la vida pública.

De desgracias y venganzas

Manuel Cruz, en su libro Filósofo de guardia, le dedica uno de los textos, surgido, además, a raíz del artículo de Ramoneda. Se titula El triunfo del resentimiento y en él recuerda una serie de características que, en distinto grado, también comparte con la ex del primer ministro francés: “Me llamó la atención el carácter no sé si decir agrio o avinagrado del personaje. Belén Esteban es alguien que, en lo sustancial, siempre cuenta desgracias”. Son desgracias que tienen que ver con sus andanzas sentimentales. Las memorias de Trierweiler son el inventario también de una relación fracasada, de una desgracia sentimental. “A la vista de sus reacciones, me atrevería a afirmar –continúa Cruz– que lo que para esta mujer parece constituir el más genuino motivo de alegría es precisamente el mal ajeno”. Esa especie de “sadismo”, ¿no encontrará su par en quien ha titulado su libro de memorias, refiriéndose a la venganza, Gracias por este momento? Además, los libros de ambas han sido récord de ventas en sus respectivos países. Pero eso sí, la fama de antipática de Trierweiler no tiene nada que ver con el fervor popular que suscita el personaje de Belén Esteban. Solo ahora, gracias al ajuste de cuentas, parece que la simpatía y la aceptación popular de Trierweiler aumentan. Y otra cosa en la que no existe comparación posible: Valérie Trierweiler era periodista y presentadora de televisión antes de casarse con el presidente François Hollande.

Elogio del chisme

Es lo que recomienda Javier Gomá en uno de los artículos de su libro Todo a cien: ensayos de filosofía mundana. Afirma allí tener “graves razones filosóficas para esbozar una apología del arraigado hábito de criticar a nuestro prójimo. Por supuesto, no me refiero a la maledicencia, la calumnia y la difamación (…)”. ¿Y cuáles son esas razones? Las peculiaridades del aprendizaje moral que rehúye de teorías si estas no vienen predicadas con el ejemplo. Sostiene: “La crítica –el juicio que nos merecen los ejemplos de conductas y estilos de vida ajenos– constituye la única vía posible de aprendizaje moral (…). Para cuestiones morales, la definición lógica no agota ni de lejos toda la verdad moral, la cual se revela en toda su plenitud exclusivamente a través de la concreción empírica del ejemplo: lo que la valentía sea se aprehende solo mediante la intuición contenida en un ejemplo tangible de valentía, no a través de los tratados discursivos, porque solo el ejemplo propone a la intuición del hombre, con evidencia sensible, la esencia de la acción enjuiciada. Aquí el ejemplo de la valentía pertenece a la esencia de la valentía, no funciona como la manzana de Newton. El entero aprendizaje moral del hombre, en fin, depende de un continuado juicio crítico sobre los ejemplos significativos que nos rodean”. Por tanto, hay que hablar de esos ejemplos (de las personas), de lo que hacen o dejan de hacer porque en esa comparación uno encuentra información sobre sí mismo. “En consecuencia, hay que criticar al prójimo, siempre y sin cesar (por una vez el deber coincide con la inclinación humana). La crítica –el cotilleo, las hablillas, el chisme– no solo sazona el a veces rancio bocado de la vida, sino que es el vehículo privilegiado de acceso a la moralidad, pues solo en el ejemplo criticado –la conducta de un tercero– comparece ante mí la virtud, presente o ausente, y se me hace intuible en su indefinible esencia”. El ejemplo, así (no las teorías) sobre los demás, se convierten en medida de nuestros propios comportamientos situándonos ante la disyuntiva: ¿Yo hubiera actuado igual? ¿Qué habría hecho de encontrarme en la misma situación que….? Y devolviéndonos información sobre nosotros mismos que siempre podemos aprovechar para mejorar. ■ Pilar Gómez Rodríguez

Revista Filosofía Hoy.

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