Envidia ¿cochina?

A menudo la pasión y las pasiones se ven con un halo de indulgencia, si no de bondad. Pero existe una cara B que la filósofa Ana Carrasco Conde conoce bien. Con ella iremos descubriendo y analizando mes a mes el lado más oscuro de las pasiones.

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Nada grande se ha hecho sin pasión, según la expresión de Hegel, ni podría ser hecho sin ella. Claro que esta pasión tiene diferentes formas. Aunque no deja de ser una expresión de una determinación sobre la que se deposita todo el interés del individuo –o todo lo que uno es (espíritu, talento, carácter y goce, de seguir a Hegel) para la consecución de un fin–, esta determinación puede estar ligada no solo a grandes ideales (la justicia, el bien y la belleza), sino también a emociones mucho más oscuras vinculadas a “pasiones negativas”. Y si estas son así no se debe a que son privativas (si no hacemos el bien es porque, por ignorancia, “carecemos” del concepto de bondad), o a que sean defectivas (si somos injustos se debe a nuestro erróneo concepto de lo que es correcto), sino porque son “positivamente negativas”: para alcanzar nuestro objetivo actuamos invirtiendo todo nuestro “espíritu, talento, carácter y goce” incluso contra aquello que nos imposibilita llegar a él.

Desde luego, este modo de obrar no se debe a que desconozcamos lo que está bien y lo que está mal, sino a que, o bien nos da igual, o bien pensamos que esas convenciones morales están hechas para otros, dado nuestro carácter “excepcional” no reconocido. Tendríamos aquí otra tríada, mucho más real: la injusticia, el mal y la fealdad. También con ellas se han hecho grandes y terribles cosas, y nadie puede decir que su origen haya sido el desconocimiento o la equivocación.
A veces, la maldad tiene destellos de genialidad, aunque sea esta una genialidad que solo puede provocarnos el horror. La pregunta es, pues: ¿qué sucede cuando se emplean con todo el empeño el espíritu, el talento, el carácter y el goce para el mal ajeno?
Una de las más terribles de estas pasiones es la envidia, que se alimenta del deseo hacia lo que el otro posee. A veces, no de tener lo que el otro tiene, sino de destruirlo o desposeerle de lo que se desea, aunque el envidioso tampoco pueda disfrutar de ello. Si para Hegel lo que condiciona la pasión no es el objeto en sí mismo, sino la forma con la que el sujeto se relaciona con él, entonces estas formas de relación marcarían los diferentes grados de la envidia. Hay “envidias sanas” por las cuales, aunque se quiera poseer lo que el otro tiene, este deseo no implica un perjuicio del otro, sino un mero “yo también”. Cuando me dan envidia las personas que ahora están en la playa, no quiero que ellas dejen de disfrutar de sus vacaciones, sino que a mí también me gustaría disfrutar del mar. Ahora bien, si digo que yo debería tener lo que el otro tiene, que mi YO, debería estar disfrutando y los otros no porque me lo merezco más, entonces introduzco una nueva categoría: el “debería”, que lleva aparejada una noción perversa de justicia por la cual si hay un merecimiento es que alguien lo merece y otro que no, que cuestiona además el estado de las cosas tal y como es. El yo del envidioso se sitúa por encima del de los demás, a los que infravalora y desprecia. No es extraño por ello que el que está verde de envidia ponga a los otros verde e hinche todo aquello que hace para hacer notar su valía al mismo tiempo que desprecia, en un doble juego de comparaciones y “exposición” de méritos, lo que el otro es, tiene, hace o ha conseguido. Le caracteriza además un afán de reconocimiento desmedido. Quiere ser envidiado: “La envidia es una emoción característica de personas de alma pequeña, amantes de la fama y de los honores” (Aristóteles, Retórica). El envidioso es un ser insatisfecho, incapaz de ver y reconocer lo que en verdad tiene porque está siempre pendiente del otro que ocupa su lugar. Es por ello un resentido. Mira lo que hacen los demás, de ahí el origen etimológico de la envidia (invidio): mirar (videre) mal a los otros. Así hacían los dioses del Olimpo griego: vivían su vida envidiando –mirando– a los hombres.

Señala Sócrates en El Filebo, de Platón, que el envidioso es un ignorante porque vive bajo el engaño de no saber apreciar sus propias capacidades. Sin embargo, lo que no sabe apreciar el envidioso es la valía de los demás al creerse mejor que ellos. La envidia no sabe de honor, sino de resentimiento. Si los poemas épicos, por ejemplo, hablaban de las pasiones y de las emociones trágicas para fijar en la memoria aquello que no debe ser olvidado, o las tragedias transmiten una enseñanza moral, de la envidia no hay ninguna lección que aprender. Triste ante el bien ajeno y feliz por su mal, el envidioso está condenado –como Elektra– “a la renuncia de la belleza y de la alegría […] roca enhiesta envuelta de su propia rigidez; insoportable […] susceptible ante las cosas más insignificantes”. Incapaz para mirar lo suyo y disfrutar de lo más propio: la irrevocable y auténtica vida propia.

Filosofía Hoy. Revista digital.

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